El informe y el perfume

8:03 AM.

El café de Mateo vuela por el aire en cámara lenta.

No es cámara lenta. Es mi cerebro haciendo el cálculo de trayectoria antes de que el líquido toque los planos.

Toca.

Marrón oscuro sobre blanco. Papel técnico que tardé tres horas en imprimir porque me gusta trabajar con las manos cuando los números son complejos.

Mateo se congela.

—Dios. Irina. Lo siento. Yo—

—Toallas.

—¿Qué?

—Toallas de papel. Cajón inferior del mueble de suministros.

Él corre. Literalmente corre.

Yo levanto el plano por la esquina seca. Lo inclino para que el café escurra hacia el borde. Tres movimientos. Limpio. Eficiente.

Mateo vuelve con medio rollo de toallas.

Limpiamos en silencio.

El daño es menor de lo que parece. Solo el margen superior derecho. Ningún número crítico. Ninguna nota de cálculo.

—Pensé que ibas a gritar —dice Mateo cuando terminamos.

—¿Por qué?

—Porque yo habría gritado.

Lo miro.

—Gritar no seca el café.

Mateo se ríe. Nervioso. Aliviado.

—Eres rara, Irina.

—Soy práctica.

—No. Eres rara. Pero del tipo de rara que quiero en mi equipo cuando algo se incendia.

Tiro las toallas a la basura.

Eso me define, supongo.

No grito cuando el mundo se cae.

Solo limpio.


El informe del bloque norte me lleva toda la mañana.

Trabajo con la ventana abierta del AutoCAD en una pantalla y la hoja de cálculo en la otra. Los números fluyen. Carga lateral. Coeficiente de resistencia. Distribución de peso por nivel.

Es brillante y lo sé.

Pero lo escribo con humildad técnica calibrada.

Aprendí en Beltrán que mostrar demasiado te elimina más rápido.

Así que cada conclusión viene con su justificación. Cada número con su fuente. Cada recomendación con su alternativa.

No les doy motivos para descartarme.

Les doy motivos para necesitarme.

Hay diferencia.


A las tres y cuarto, Zaid entra a la sala técnica.

No golpea. No anuncia.

Simplemente está.

Mateo se endereza en su silla como si alguien hubiera jalado un hilo invisible.

Yo no levanto la vista. Todavía.

Zaid camina hacia el cubículo de Torres. El ingeniero senior. Doce años en la empresa. El que me miró con desconfianza el primer día.

—Torres. —La voz de Zaid es exactamente como la recuerdo. Controlada. Precisa—. El análisis del sector B. ¿Tiene los valores de carga vertical ajustados?

—Sí, señor. Aquí.

Torres abre su laptop. Gira la pantalla.

Zaid mira. Tres segundos.

—¿Y el ajuste por temperatura?

Silencio.

—¿Perdón?

—El coeficiente de dilatación térmica del acero. En verano el edificio está expuesto a treinta y cinco grados promedio. ¿Ajustó los valores?

Más silencio.

Torres no sabe.

Yo sí.

Escuché toda la conversación sin levantar la vista de mi pantalla. El ajuste térmico es básico. Primera semana de materiales avanzados. Torres lo omitió.

Podría hablar.

Podría decir: "El coeficiente es 0.000012 por grado Celsius. A treinta y cinco grados, con diferencial de veinte respecto a la temperatura de diseño, el ajuste es de 0.00024 metros por metro lineal. En una viga de quince metros, son 3.6 milímetros. No crítico, pero acumulativo."

Podría.

No lo hago.

Zaid espera cinco segundos.

Torres busca en sus archivos con la desesperación visible de quien sabe que no lo va a encontrar porque nunca lo calculó.

—Revíselo —dice Zaid—. Para mañana.

Se va.

Sin mirar hacia mi cubículo.

Sin reconocer que estoy a tres metros de distancia.

La puerta de la sala técnica se cierra.

Mateo suelta el aire que estaba conteniendo.

—Dios. Pobre Torres.

Yo sigo escribiendo.

—Torres tuvo doce años para aprender a no omitir lo básico.

—Tú sabes la respuesta, ¿verdad?

—Sí.

—¿Por qué no dijiste nada?

Pauso. Miro a Mateo.

—Porque Torres tiene que aprender solo. Y porque Zaid no me preguntó a mí.

Mateo me mira como si acabara de descifrar un código.

—Eres aterradoramente inteligente, ¿sabes?

—Soy sobreviviente.

—No. Eres las dos cosas.


A mediodía, Valentina llama.

Salgo al pasillo para atender.

—¿Cómo está el jefe árabe? —dice sin saludar—. ¿Buenote?

Cuelgo.

Dos segundos después, mensaje:

Valentina: "Cobarde."

Yo: "Ocupada."

Valentina: "¿Viste la cadena?"

Yo: "No."

Valentina: "¿Buscaste?"

Yo: "Sí."

Valentina: "¿Y?"

Yo: "Después hablamos."

Guardo el celular.

Vuelvo al cubículo.

El resto de la tarde pasa en silencio productivo.


Llego al hotel a las siete.

Habitación 308. Colcha estirada. Aire acondicionado que zumba sin bajar la temperatura.

Me siento en el borde de la cama.

Saco la laptop.

Abro el buscador.

Escribo: Zaid Al-Rashid.

Enter.

Los resultados son escasos.

Un artículo de revista económica en inglés. Una mención en un portal de negocios sobre expansión inmobiliaria. El nombre de un proyecto en construcción en algún puerto del Mediterráneo.

Y una foto.

Borrosa. Sacada de una presentación corporativa con mala resolución.

Un hombre de espaldas. De pie ante una pantalla de datos. Un auditorio lleno.

No se ve la cara.

Solo la postura.

La manera en que ocupa el espacio sin necesitar que nadie lo mire para saber que todos lo están mirando.

Algo en mi estómago se mueve.

No es el embarazo.

Es otra cosa.

Cierro la laptop.


A las nueve, abro la mochila para sacar los auriculares.

Y huelo algo.

Me detengo.

Madera oscura. Algo cálido debajo. No dulce. No cítrico. Algo que el cuerpo registra antes que la cabeza.

Revuelvo la mochila.

Carpetas. Bolígrafos. El cuaderno. La billetera.

Nada.

El olor desaparece.

Cierro la mochila.

Abro de nuevo.

Nada.

Estoy volviéndome loca.

Me siento en la cama. La mochila sobre las piernas.

La mano me tiembla.

Un segundo. Solo uno.

Sin motivo claro.

Lo bajo. Respiro.

El celular vibra.


Nadia Cortés

10:03 PM

Atiendo al tercer timbre.

—¿Irina?

—Sí.

—Soy Nadia. Perdón por la hora.

—No hay problema.

Pausa.

—El Sr. Al-Rashid quiere verla mañana. A las siete de la mañana. Antes del resto del equipo.

Algo en mi abdomen hace un cálculo.

No sé de qué.

Solo sé que el número que sale no es uno que entienda.

—¿Para qué?

—Para revisar el informe del bloque norte. Quiere verlo antes de que se lo presente al equipo directivo.

Silencio.

Nadia espera.

Yo cuento. Uno. Dos. Tres.

—De acuerdo.

—Bien. Piso 38. Despacho esquinero. Siete en punto.

—Ahí estaré.

Cuelga.

Me quedo con el celular en la mano.

Miro la pantalla apagada.

El reflejo de mi cara. Difuso. Oscuro.

Siete de la mañana.

A solas.

Con el hombre que tiene la cadena de mi padre en algún cajón que todavía no ubico.

Con el hombre que es el padre de lo que crece dentro de mí sin que él lo sepa.

Con el hombre cuyo perfume acabo de oler en mi mochila sin saber de dónde vino.

Bajo el celular.

Pongo la alarma para las cinco y media.

Me acuesto con la ropa puesta.

Y en la oscuridad de la habitación 308, con el zumbido del aire acondicionado como único sonido, pienso en una sola cosa:

¿Qué quiere un hombre como ese a las siete de la mañana, a solas, de una mujer a la que contrató hace veinticuatro horas?

La respuesta debería ser simple.

Trabajo. Números. Planos.

Pero algo en mi cuerpo —ese calculador interno que nunca falla— me dice que la respuesta es otra cosa.

Y que mañana a las siete en punto, lo voy a descubrir.

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