La náusea llega a las cinco de la mañana.
Irina se despierta con el estómago dándole órdenes contradictorias. Se levanta. Llega al baño. Se arrodilla frente al inodoro con la dignidad que le queda, que no es mucha.
No vomita.
Peor: se queda ahí, de rodillas, esperando a que su cuerpo decida qué hacer.
El olor del café del lobby sube por el ducto de ventilación. Ese aroma que ayer era neutro hoy tiene textura. Tiene peso. Le revuelve algo en el centro del pecho que baja directo al estómago.
Se a