Mundo de ficçãoIniciar sessãoDije que sí antes de pensar.
Guardé el celular, miré la calle delante de mí y procesé lo que acababa de hacer: en menos de veinte minutos había perdido el trabajo y aceptado una entrevista de trabajo. Lunes, piso 38, Torre Zahr.
La mochila pesaba en el hombro izquierdo.
No tenía a dónde ir.
Darío seguía en el departamento. Mi madre, descartada. Marqué a Valeria —mi única amiga con departamento propio— y saltó al buzón antes del tercer timbre. Le mandé mensaje a Camila. Tres puntos aparecieron un segundo y desaparecieron.
Suficiente respuesta.
Encontré un hotel a seis cuadras. Letreros de neón sobre la entrada, mostrador atendido por una señora que no levantó la vista del celular. Me cobró en efectivo, me dio una llave con un llavero de plástico verde y señaló el ascensor con el pulgar.
Tercer piso. Habitación 308.
Olía a detergente con algo dulce encima que no terminaba de cubrirlo. El aire acondicionado zumbaba sin bajar la temperatura. La colcha estirada con la precisión mecánica de quien lo hace cien veces a la semana.
Me senté en el borde.
Cuarenta y ocho horas atrás yo era una mujer casada con trabajo fijo.
Los dedos se me cerraron solos sobre la colcha, las uñas apretando la tela sin que yo se lo pidiera.
—Buen resumen —dije en voz alta, sin que hubiera nadie.
Puse la alarma para las siete. Me recosté con los zapatos puestos. El techo tenía una grieta fina en la esquina derecha que alguien había pintado encima sin taparla del todo.
La madrugada se fue pegando a la piel en capas. El zumbido del aire acondicionado. Los pasos del pasillo cada cuarenta minutos. La grieta de la esquina que no desaparecía por más que la mirara.
A las once y cuarto, cuando el zumbido empezó a parecerme una conversación que no entendía, me levanté, me cambié la camisa y salí.
El bar estaba a dos bloques del hotel, en la planta baja de un edificio viejo que ninguna remodelación había tocado del todo. Adentro olía a madera y a algo tostado. La luz era amarilla y baja. Cuatro personas en total, contándome a mí y al barman.
Me senté en un taburete. El borde tenía la laca gastada en el punto exacto donde la gente apoya las manos.
—Lo que sea que no me deje pensar —le dije al barman.
Él no preguntó nada más. Me trajo algo oscuro en un vaso con un cubo de hielo. Perfecto.
Estaba en el segundo trago cuando el hombre se sentó en el taburete de al lado.
No lo invité. Tampoco me molestó que llegara. Se acomodó sin hacer ruido y le pidió al barman algo que pronunció en un español demasiado cuidadoso, como alguien que construye cada frase antes de soltarla.
Lo miré de reojo.
Unos treinta y tantos. Cuando colgó el saco en el respaldo, la tela hizo un sonido seco y consistente que no suena así si no cuesta lo que cuesta. Llevaba un perfume que no reconocí: madera oscura con algo cálido debajo que el cuerpo registró antes que la cabeza. Sin reloj visible. Sin teléfono sobre la barra.
No me habló de inmediato.
Eso ya me gustó más que cualquier cosa que hubiera dicho.
Cuando tomó la copa lo hizo envolviéndola con toda la mano, no por el asa. Vi una marca pequeña en el dorso, entre cicatriz y quemadura vieja. El tipo de detalle que tiene historia detrás pero que nadie va a contar esa noche.
Pasaron unos minutos. El barman limpió el mesón con el mismo arco siempre, ida y vuelta. En la mesa del fondo dos hombres hablaban de un contrato que alguien les había quitado. Escuché «Costanera» y «licitación» y el nombre de una empresa que no retuve. Solo el tono: el agotamiento de la gente a la que le roban lo que construyó. Afuera pasó un auto con música a todo volumen y después volvió el silencio.
—¿Mal día? —preguntó el hombre. El acento era extraño, no del todo identificable. Como alguien que aprendió el idioma en un lugar y lo practicó en varios.
—Mal par de días —corregí.
Asintió. Como si eso fuera información suficiente.
—¿Quiere otra copa? —preguntó.
—No me voy a oponer.
Le hizo una seña al barman. No intentó presentarse ni preguntó mi nombre. Yo tampoco pregunté el suyo. Eso era lo más parecido a una conversación civilizada que había tenido en cuarenta y ocho horas.
Hablamos poco. Él mezclaba palabras en otro idioma cuando le faltaba una en español, y yo lo entendía por contexto más que por vocabulario. En algún punto pregunté a qué me dedicaba y dije «construcción» sin detalles. Él dijo algo sobre arquitectura con una familiaridad que noté pero no seguí.
Eran casi la una de la madrugada.
No pregunté su nombre. Después pensé que eso fue lo más inteligente que hice en toda la semana.
Miré el fondo del vaso. Llevaba cuarenta y ocho horas tomando decisiones que otros me habían forzado a tomar. Esta la iba a tomar yo. No buscaba cariño. Buscaba borrón. Y si de paso había algo parecido al silencio, mejor.
—¿Se queda cerca? —pregunté.
Me miró un momento antes de responder.
—Sí.
—Yo también.
Casi pregunté su nombre. Lo tuve en la boca un segundo —ese impulso idiota de conocer a alguien justo cuando ya decidiste no conocerlo— y lo dejé pasar. Él tampoco preguntó. Fue un acuerdo sin palabras, del tipo que solo funciona cuando los dos entienden que hay cosas más importantes que los nombres.
Eso fue todo lo que se dijo.
Me desperté con la luz gris de una cortina que no bloqueaba nada colándose por los bordes.
Boca pastosa. El lado derecho de la cama, frío y liso. Ninguna nota. Solo el espacio donde había alguien unas horas atrás.
Me quedé mirando el techo. La grieta de la esquina derecha, pintada encima sin taparse. La misma que había mirado durante horas sin verla.
Después de un momento, llevé la mano al cuello.
Recordé haberla sentido al acostarme: el metal frío contra el esternón que tardó un momento en calentarse. La medalla pequeña. La letra grabada que conozco con los dedos sin necesidad de verla. En algún momento de la noche debí quitármela. No lo recordaba, pero a veces el cuerpo toma decisiones que la cabeza no anota.
El gesto fue automático ahora. El mismo de siempre, el de todas las mañanas, el que hace la mano sola mientras la cabeza todavía está en otro lado.
Pero esta vez no encontró nada.
Me incorporé de golpe.
Revisé el cuello. La almohada. La sábana. El suelo al lado de la cama. La mesita de noche.
La cadena de mi padre no estaba.
Recordé sus manos ese día. Dedos fríos torpes con el cierre, el olor a jabón neutro que siempre tuvo, la letra grabada en la medalla que rozó mi clavícula por primera vez. «Para que sepas de dónde vienes», dijo. Y nada más, porque él era así.
Tres meses después murió. Y yo había dormido con esa cadena puesta cada noche desde entonces.
Hasta esta.
Y no supe qué me dolía más: haberla perdido o no recordar en qué momento había dejado de sentirla.







