Mundo ficciónIniciar sesiónLlamé al bar a las nueve de la mañana.
El turno de noche ya había terminado. El que atendió era alguien distinto, con una voz de persona que no había dormido suficiente y que tampoco pensaba simular entusiasmo. Le describí la cadena: fina, de oro, medalla ovalada con una letra grabada. Me dijo que revisaría y que llamara más tarde.
Llamé a recepción del hotel. La señora del celular fue reemplazada por un señor del celular. No había ningún objeto encontrado registrado de la habitación 308.
Me senté en la cama.
Tenía los zapatos puestos. Los mismos del día anterior. Me di cuenta de que llevaba cuarenta horas sin quitarme los zapatos, y que eso era probablemente la señal más honesta de cómo estaba.
El celular vibró.
Número de Valentina.
Contesté antes de tener un plan de qué decirle.
—Me llamó Camila —dijo, sin saludar—. ¿Qué pasó? Y no me digas «nada» porque Camila mencionó taxi, jefe y Darío en la misma frase y eso no es nada.
Valentina era la única persona que conocía que podía pronunciar tres palabras y hacer que sonaran como una demanda judicial.
—¿Tienes tiempo ahora? —pregunté.
—Estoy en el metro. Tengo todo el tiempo que haga falta.
Le conté. Con el mismo orden y la misma precisión de siempre, porque no sé hacerlo de otra manera. El taxi. Darío. Claudia. Beltrán. El finiquito. El hotel. La cadena.
Hubo silencio al otro lado. Suficiente como para que me preocupara.
—Vale —empecé.
—Dame la dirección del hotel.
—No tienes que...
—La dirección, Irina.
Llegó cuarenta minutos después con dos cafés en una bolsa de papel y una energía que llenó la habitación 308 de una manera que el aire acondicionado nunca había logrado.
Me miró de arriba abajo.
—¿Comiste algo?
—Café.
—Eso no es comida. —Puso los vasos sobre la mesita y se sentó en la única silla—. ¿Darío, el jefe y la cadena de tu papá? ¿Todo en cuarenta y ocho horas?
—Cuarenta y tres, si somos exactos.
—Dios. —Se pasó la mano por el cabello—. Bueno. Vamos por partes. ¿Cuánto dinero tienes?
Nadie más en el mundo me habría preguntado eso en ese momento. Y era exactamente la pregunta correcta.
Le dije el número. Valentina asintió con la expresión de quien hace cálculos rápidos en la cabeza.
—Tres semanas de hotel, más o menos. —Levantó un dedo—. Trabajo perdido. Pero hay una entrevista el lunes. —Dos dedos—. El matrimonio está terminado, papeles pendientes, pero eso no es urgente esta semana. —Tres dedos—. La cadena: seguimos buscando.
—Vale...
—Espera. —Cuatro—. Tienes tres semanas, una entrevista y nada que perder. Eso no es una tragedia. Eso es un proyecto con fecha límite.
La miré.
—Eso es lo más frío que te he escuchado decir en diez años de amistad.
—Te lo digo con todo el cariño del mundo. ¿Quieres llorar o quieres el trabajo?
Tomé el café.
—El trabajo.
Volvimos al bar a las cuatro de la tarde.
La luz de día le quitaba toda la atmósfera de la noche anterior. Olía a jabón de fregar y a sillas recién limpiadas. El barman diurno, un joven con auriculares colgados al cuello, nos miró sin reconocerme. Claro que no me reconocía. Yo no había estado ahí de día.
Le describí la cadena por segunda vez. Medalla ovalada. Oro fino. Letra grabada.
—El turno de noche entra a las once —dijo—. Si alguien la encontró, ellos sabrían.
Valentina le dejó su número en una servilleta.
Mientras salíamos, miré los taburetes de la barra. El que tenía la laca gastada. El que estaba al lado.
No había ningún saco colgado en el respaldo. Claro que no.
Pero lo busqué igual.
De vuelta en el hotel, Valentina desplegó su iPad sobre la colcha y escribió «Grupo Zahr» en el buscador.
Los resultados fueron escasos. Un registro corporativo en otro país. Una mención en una revista de negocios, en inglés, sobre expansión inmobiliaria en mercados emergentes. El nombre de un edificio en construcción en algún puerto del Mediterráneo.
Nada del CEO. Nada de una cara.
—Raro —dijo Valentina.
—Sí.
—Las empresas legítimas tienen presencia digital. Esto parece un holding que no quiere que la encuentren.
—O que acaba de llegar al mercado local.
—¿Y tú vas igual?
—No tengo nada que perder.
Valentina me miró con esa expresión suya, entre admiración y diagnóstico clínico.
—Ese es el peor criterio para tomar una decisión, ¿sabes?
—Ya lo sé. Por eso funciona.
Se fue a las once. Me dejó la mitad de un sándwich que no llegué a comerme y el número de un abogado que supuestamente era bueno en divorcios exprés.
Saqué la ropa de la mochila y la colgué en el baño para que se destensara un poco. Puse el currículum en la pantalla del celular y lo leí tres veces sin cambiar nada porque no había nada que cambiar: el problema nunca había sido el papel, sino los hombres que lo descartaban sin abrirlo.
Cerré el currículum. Abrí el buscador.
Escribí «Grupo Zahr CEO» y esperé.
Apareció una imagen. Borrosa, sacada de una presentación corporativa con mala resolución. Un hombre de espaldas, de pie ante una pantalla de datos, en lo que parecía un auditorio. El titular debajo decía algo sobre «nueva estrategia de expansión regional». La foto tenía dieciocho meses de antigüedad.
No se veía la cara.
Solo la postura. La manera en que ese hombre ocupaba el espacio delante de una sala llena sin necesitar que nadie lo mirara para saber que todos lo estaban mirando.
Algo rozó un nervio que no supe nombrar.
Cerré el celular.
Lunes. Piso 38. Trescientas personas podían tener esa misma postura en una fotografía de baja resolución.
Me quité los zapatos.
Por primera vez en cuarenta y tres horas.







