Once minutos

No dormí.

A las seis de la mañana dejé de intentarlo, me duché con el agua más fría que aguanté y me puse la misma ropa del viernes. No porque no tuviera otra. Sino porque algo en mí decidió que no valía la pena cambiarse para esto.

La constructora estaba a veinte minutos en metro. Llegué a las ocho y cuarenta y siete.

Horacio Beltrán siempre llegaba los sábados antes que nadie. Era su manera de recordarle al mundo que trabajaba más que todos, aunque los proyectos los terminara otra persona.

El edificio olía a café recién hecho y a ese silencio raro de las oficinas cuando todavía no hay suficiente gente para fingir que todo funciona. Saludé al guardia de recepción, pasé la tarjeta y subí sin esperar el ascensor.

En el pasillo del quinto, Rodrigo —el único compañero que a veces me preguntaba si había almorzado— apartó la vista un segundo antes de lo natural cuando me vio venir. No como quien se distrae. Como quien decide no mirar.

Después entendí que en esas oficinas el rumor viaja más rápido que los correos, y que Rodrigo ya sabía lo que yo todavía no.

Seguí caminando.

La puerta de la oficina de Beltrán estaba entornada. Lo vi adentro antes de llamar: sentado detrás del escritorio, traje gris, el café en la mano, los ojos en la pantalla. La imagen de siempre. El hombre que llevaba mi nombre en sus proyectos y su nombre en mis proyectos, si eso tiene algún sentido.

Empujé la puerta.

Él levantó la vista. El café se detuvo a mitad del camino hacia su boca.

—Irina. —No pregunta. Constatación.

—Tengo que contarle algo —dije, y cerré la puerta detrás de mí.

Me senté sin que me lo ofreciera. Él no dijo nada.

Le conté todo. Con calma, porque cuando estoy nerviosa me vuelvo más precisa, no menos. El taxi. El cruce. El auto oscuro. Darío con la camisa desabrochada. La mujer del copiloto. Los aretes. La cena anual. El nombre que ella dijo antes de alejarse.

Horacio me espera en casa.

Beltrán me escuchó sin interrumpir.

Cuando terminé, hubo silencio. Cuatro o cinco segundos que se sintieron como una grieta abriéndose en el suelo.

Después sonrió.

No una sonrisa de incomodidad ni de vergüenza. Una sonrisa pequeña, cerrada, de alguien que acaba de confirmar algo que ya sabía.

—¿Sabes lo que estás diciendo? —preguntó.

—Sí.

—Estás haciendo una acusación muy seria.

—No es una acusación. Es lo que vi.

Asintió despacio. Luego tomó el teléfono del escritorio y marcó tres números internos.

El sonido del tono llamando fue seco y corto. Como una puerta cerrándose.

—Necesito que subas un momento —dijo—. Y avísale a Gerardo también.

Colgó. Me miró.

—Espera un momento, por favor.

Y en ese «por favor» entendí que no había venido a escucharme. Que ya sabía por qué estaba yo en esa silla antes de que abriera la boca.

Adriana, la jefa de Recursos Humanos, entró primero. Después Gerardo, el gerente de operaciones. Los dos me saludaron con esa cordialidad de quien ya tiene instrucciones.

—Irina —empezó Beltrán, recostándose en el respaldo—, llevamos un tiempo evaluando el rendimiento del equipo.

Adriana abrió una carpeta sobre el escritorio.

—Las últimas tres entregas bajo tu responsabilidad presentaron observaciones de cliente —dijo, sin levantar la vista—. Hay un expediente.

Mis entregas. Las que él firmó. Las que el cliente aprobó sin cambiar una coma hasta que alguien decidió esta mañana que tenían observaciones.

—Eso no es verdad —dije.

—Irina —intervino Gerardo con ese tono de quien apaga incendios ajenos—, este no es el momento para...

—Sí lo es. —Los miré a los tres—. Esos proyectos los hice yo. Los tres. Sin ayuda. Beltrán los firmó y el cliente los aprobó. Si ahora tienen «observaciones» es porque alguien las escribió esta mañana.

Silencio.

Beltrán no se molestó en responder. Tomó el celular de la mesa, leyó algo en la pantalla y lo apoyó de nuevo con cuidado, como quien pone una ficha en su lugar.

—Además —dijo—, mi esposa me llamó esta mañana. Me contó lo que pasó anoche.

El aire en esa oficina cambió de temperatura.

—Entiendo que estás pasando por un momento difícil —continuó, con una ecuanimidad que me produjo más náuseas que cualquier grito—. Pero no podemos permitirnos situaciones que comprometan la imagen de la empresa.

La imagen de la empresa. Eso dijo.

Adriana deslizó una hoja hacia mí.

—El contrato contempla una cláusula de rescisión por conducta. El finiquito está calculado al día de hoy.

Miré el papel. Miré a Beltrán. Busqué en su cara algo —incomodidad, culpa, lo que fuera— y no encontré nada que no fuera la satisfacción tranquila de alguien que terminó una tarea pendiente.

Tomé el bolígrafo.

La mano no me tembló. Eso me lo había prometido antes de entrar. Pero cuando la punta tocó el papel sentí que algo en el pecho hacía un ruido sordo, como cuando una pared cede por dentro sin que se vea ninguna grieta afuera.

Firmé.

No porque estuviera de acuerdo. Sino porque había tres personas en esa oficina, un expediente armado de la noche a la mañana y cero testigos de mi lado. Seguir hablando no iba a devolverme nada.

Adriana me extendió la mano para la tarjeta de acceso.

La solté sobre su palma sin decir nada.

Salí al pasillo. La tarjeta ya no existía. Rodrigo me vio pasar y volvió a la pantalla antes de que yo llegara a su altura.

Once minutos. Exactos.

El celular vibró en el bolsillo.

Número desconocido. Lo ignoré. Volvió a vibrar. Y otra vez.

Contesté solo para que parara.

—¿Hablo con la ingeniera Irina? —La voz era masculina. Un acento que no ubiqué del todo, como si el español no fuera su idioma de origen pero lo hubiera aprendido muy bien. Demasiado bien, en realidad. Con esa precisión de quien eligió cada palabra.

—Sí. ¿Quién habla?

—La contactamos de parte del Grupo Zahr. Por su postulación. El aviso de obra. ¿Podría presentarse el lunes para una entrevista?

Me detuve en mitad del pasillo.

No recordaba ese aviso. Había mandado currículums a medianoche, antes del taxi, antes de todo, sin leer bien a qué. Una oferta que decía solo se busca ingeniero para nueva obra y que yo descalifiqué mentalmente en el segundo que la vi.

—¿Dónde quedan? —pregunté.

—Torre Zahr. Avenida Costanera Norte, piso 38.

El edificio que se ve desde cualquier punto de la ciudad como una aguja de vidrio que no parece tener techo.

—¿Qué empresa? —insistí, porque no podía ser.

—El lunes se lo explicamos en detalle. ¿Puede venir?

Y yo, parada en ese pasillo, sin tarjeta de acceso, sin marido y con la firma del finiquito todavía fresca en los dedos, no tenía una sola razón para decir que no.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App