Luciano no me buscó en todo el día siguiente.Lo noté a las nueve de la mañana, cuando bajé a desayunar y él ya estaba en el despacho con la puerta entornada y no levantó los ojos cuando pasé por el corredor.A las once, en la sesión con Sael en los archivos, sentí su temperatura en el ala opuesta de la planta baja: presente, funcional, no dirigida hacia mí.A la una, en la revisión de documentos con Dante, la temperatura de Luciano en el despacho seguía siendo la misma: quieta, contenida, completamente disponible para cualquier cosa que no fuera buscarme.Lo entendí.Era espacio deliberado.No rechazo —no tenía la textura del rechazo, que yo conocía bien y podía identificar con los ojos cerrados. Tenía la textura de alguien que la noche anterior abrió algo que no solía abrir y que ahora estaba poniendo distancia cuidadosa para que yo pudiera decidir sin que su presencia constituyera presión en ninguna dirección.Era respeto.Y ese respeto, a las dos de la tarde, me estaba irritando.
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