(Sael — habitación de Valentina, madrugada)Valentina llevaba dos horas dormida.Sael no se había movido del borde de la cama.No era vigilancia. Era la incapacidad de irse que tiene quien se da cuenta, en el momento en que el otro cierra los ojos, de que lo que siente no tiene nombre en el vocabulario que ha construido en ochenta y nueve años de existencia Voraz.El vínculo, mientras ella dormía, era diferente.Durante el día era un canal activo: emociones con textura, con dirección, con la urgencia de alguien que piensa rápido y siente más rápido de lo que admite. Durante la noche era otra cosa. Una frecuencia más baja, más regular, el ritmo de algo que existe sin el esfuerzo de existir.La llama de Valentina pulsaba.No era metáfora. Era dato. Sael llevaba semanas midiendo el calor que irradiaba a través del vínculo, aprendiendo a distinguir entre los estados de su llama con la precisión que había desarrollado para todo lo que le importaba: paciencia sostenida en el tiempo, atenció
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