Kris subió al auto. El resto del camino permaneció en silencio: él iba concentrado en el volante y ella rememorando cada palabra que había dicho, pero a su mente también llegaban los recuerdos de aquellas imágenes: él poniendo un anillo en la mano de esa mujer, besándola en público y tantas cosas más.Eran tantas las imágenes que le recorrían la cabeza que no le permitían alegrarse por la confesión de Arvid.Una vez que el auto se estacionó, Kris se quitó el cinturón y, sin decir nada, bajó del vehículo. Arvid hizo lo mismo, entregó el control a uno de sus hombres y se adentró en la mansión.Desde el interior, Camila los observaba. Apretó con fuerza las manos, clavándose las uñas en las palmas. Cuando los vio ingresar, se dirigió a la puerta. Al abrirse esta, Kris se quedó estupefacta.—Qué bueno que llegaste, gordo. Te extrañé —dijo Camila. Se acercó, pasó por el lado de Kris y abrazó a Arvid.Pasando gruesa saliva, Kris los miró por encima del hombro. Al encontrarse con la mirada de
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