El auto de Emir seguía parqueado a un costado de la vía; sus manos temblaban al sostener el volante.—No me pidas que haga eso, yo no puedo hacerlo. —Eres un maldito cobarde. Así dices amarme y hacer todo por mí. Sabes que matando a esa mugrienta puedo conseguir todo; seré feliz, Emir, y todo será gracias a ti. —Estamos hablando de asesinar, de quitarle la vida a una persona.Aunque no lo demostraba, ella también tenía miedo de asesinar, pero odiaba tanto a Kristhel que quería verla muerta o lejos de Arvid. Su teléfono sonó; al ver el número de su padre, mordió los labios.—Contesta —exigió Emir—. Ese sonido me pone más nervioso. —Es mi padre; seguro está llamando porque no llego pronto. —Si no contestas, nos descubrirá. —Te puedes calmar. Nadie nos vio; ¿cómo podrían descubrirnos, idiota?La llamada se pasó y, al minuto siguiente, se volvió a reiniciar. Soltando un suspiro, Camila contestó.—Pa… —Gatita, ¿dónde estás? —Llegando. —¿A la quinta? —Sí, ¿a dónde más? ¿No
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