La madrugada se deslizó con suavidad dentro de la habitación, como si el tiempo hubiera decidido caminar en puntas de pie para no interrumpir aquel descanso tan merecido. La ciudad aún dormía, ajena a todo, mientras en ese espacio íntimo el mundo parecía suspendido en una calma profunda, casi sagrada. El aire conservaba el calor de la noche, pero también traía consigo una quietud distinta, más limpia, como si algo estuviera a punto de sanar.Valentina dormía acurrucada contra Alejandro, con la mano extendida sobre su pecho, sintiendo el ritmo constante de su corazón. Ese latido la anclaba, la mantenía segura incluso en sueños. Su respiración era lenta, acompasada, pero en su interior algo comenzó a cambiar. No fue brusco, no fue oscuro. Fue… luz.Una claridad tibia empezó a envolverlo todo. No era intensa ni cegadora, sino suave, acogedora, como un abrazo. Luego llegaron los sonidos: risas pequeñas, ligeras, llenas de vida. Risas que su alma reconoció antes que su mente.Valentina frun
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