La mañana llegó, pero el despertar no fue lo que Nahla esperó.Al estirar la mano entre las sábanas de seda, solo encontró un hueco frío. La ausencia de William la golpeó con la fuerza de una realidad que ella misma se había encargado de construir durante las horas de insomnio.Un nudo amargo se instaló en su garganta, y la nostalgia, esa invitada no deseada, empezó a apretarle el corazón. Se sintió pequeña, vulnerable y, por encima de todo, increíblemente estúpida.—Bravo, Nahla —se recriminó en un susurro, mientras se sentaba en el borde de la cama, cubriéndose con la sábana como si fuera una armadura inservible—. Caíste de la forma más patética posible. Te entregaste a un hombre que te dijo a la cara que eras una pieza de ajedrez, y solo necesitaste un par de caricias para olvidar que este matrimonio tiene fecha de caducidad.Se sentía traicionada por su propio cuerpo, por esa debilidad que la había hecho creer, aunque fuera por un instante bajo el amparo de la oscuridad, que Willia
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