ArianaLa noche no termina. Estoy agazapada en un ángulo muerto del apartamento, la espalda contra la pared fría, los ojos clavados en la línea oscura de la calle, allá abajo. El coche negro sigue ahí. Inmóvil. Amenazante. Una mancha de tinta sobre el asfalto.Mi teléfono, el que el mundo conoce, explota de notificaciones. Mi representante, periodistas, amigos de fachada. Voces en el vacío. No lo toco. Solo miro al otro, al teléfono anónimo y ardiente en el suelo, al otro lado de la habitación. El objeto de mi terror.La palabra griega baila ante mis ojos. Tiernas. La crueldad de Nikos es un arte. No golpea. Acaricia, para marcar mejor la carne. Esa hoja de laurel… fue el primer regalo que me hizo. "Para tu belleza, Cassia. Inmortal, como el laurel." La había dejado en la almohada, un adiós silencioso, una devolución de su regalo envenenado. Él lo tomó por lo que era: un escupitajo.El día despunta, lento, vacilante. Las primeras luces grises dibujan los contornos del loft. El coche,
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