Ariana
El olor del incienso me golpea la garganta, espeso y dulce, como un veneno. Nikos está ahí, a diez pasos de mí. De pie. Inmóvil. Su traje oscuro se funde con las sombras de la nave, pero sus ojos… sus ojos captan la débil luz de los cirios y la devuelven, dura, implacable.
Mi espalda está pegada a la pesada puerta de madera. Sé que ellos están detrás. Los oigo jadear, maldecir, empujarse. El cerrojo no está echado. Pueden entrar en cualquier momento.
Estoy atrapada. Entre el diablo y sus