El sol de la mañana brillaba con una luz dorada y cálida sobre Bogotá, atravesando los amplios ventanales de la nueva oficina de Valentina, situada en la planta más alta del hospital. En las paredes de ese despacho ya no colgaban frías distinciones corporativas, sino fotografías de la pequeña clínica donde ella había vivido recluida, y retratos de su difunto padre, que sonreía con orgullo. Valentina permanecía de pie junto a la ventana, bebiendo un poco de té caliente mientras miraba hacia abajo, hacia los jardines del hospital, donde varios niños jugaban en la zona de rehabilitación.El éxito de su gran intervención lo había cambiado todo. Valentina ya no era simplemente «la señora de Valderrama» ante la opinión pública; había sido reconocida como una pionera de la neurocirugía moderna, una mujer que actuaba con una profunda misión humanitaria. Sin embargo, para ella, la mayor satisfacción no residía en los elogios de los medios, sino en la certeza de que ahora podía utilizar toda
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