El mar Caribe nocturno no es amigo de quienes huyen. Sus aguas, negras como la tinta, parecían un abismo dispuesto a tragarse a cualquiera que se atreviera a desafiarlo en una pequeña y vieja embarcación de pesca.
Valentina se aferró con fuerza a la borda cuando la primera ola golpeó el casco, salpicándole el rostro con agua salada y helada.
¡Manteneos bajos, señorita! ¡No encendáis ninguna luz! gritó Fabio desde la popa, su voz apenas audible por el rugido del motor, al que había cubierto con