Las luces traseras de la camioneta se atenuaron y luego desaparecieron tras una curva en la carretera neblinoso de las afueras de Bogotá.
Valentina pegó su rostro al vidrio trasero empañado, observando cómo la silueta de Sebastián se hacía cada vez más pequeña hasta ser absorbida por la oscuridad.
Su mano seguía sosteniendo temblorosa el biberón de Santiago, mientras sentía un nudo en el pecho que le impedía respirar, como si una pesada piedra aplastara su pecho.
Estará bien, Señora. Don Seba