El rugido del motor de la camioneta negra sonaba como el gruñido de una bestia herida en medio del silencio de las carreteras periféricas.
Valentina abrazaba con fuerza a Santiago; el pequeño bebé dormía exhausto, sin saber que, apenas unos minutos antes, la muerte había estado a punto de arrebatárselo.
A su lado, Miguel estaba encogido, con la mirada vacía, observando por la ventana hacia la columna de humo negro que se elevaba en el horizonte, el lugar donde su lujosa mansión probablemente