Diego seguía de pie, inmóvil, cerca de los sofás del vestíbulo cuando el ascensor finalmente anunció su llegada con un pitido. Levantó la cabeza por reflejo y, un segundo después, frunció el ceño.Elena salió a paso lento. Llevaba el pelo suelto, todavía un poco húmedo por la ducha, lo que contrastaba con su camisa blanca sencilla y sus pantalones beige. Se veía pulcra, como siempre, pero sus ojos no mentían. Diego notó el cambio de un solo vistazo.—Estuviste llorando —soltó él, antes de que ella pudiera siquiera saludar.Elena suspiró hondo, con un aire de cansancio y resignación ante la agudeza visual de su exmarido. —Buenos días para ti también.—Elena.—Estoy bien.—Mentira —la cortó él con tono plano.Elena cerró los ojos un instante. Era exasperante que, incluso después de un año separados, ese hombre todavía pudiera leerla como un libro abierto. —Solo dormí mal.Diego no respondió. Se le quedó mirando fijamente unos segundos antes de desviar la vista con un gesto de i
Leer más