Diego seguía de pie, inmóvil, cerca de los sofás del vestíbulo cuando el ascensor finalmente anunció su llegada con un pitido. Levantó la cabeza por reflejo y, un segundo después, frunció el ceño.
Elena salió a paso lento. Llevaba el pelo suelto, todavía un poco húmedo por la ducha, lo que contrastaba con su camisa blanca sencilla y sus pantalones beige. Se veía pulcra, como siempre, pero sus ojos no mentían. Diego notó el cambio de un solo vistazo.
—Estuviste llorando —soltó él, antes de qu