El reloj de pared en el comedor marcaba las doce de la noche. Habían pasado tres horas desde la hora habitual de llegada de Diego desde la oficina. Los platos seguían dispuestos con esmero sobre la mesa, pero los alimentos se habían enfriado por completo. Las velas, que se habían encendido hace horas, estaban casi consumidas, dejando un rastro de cera derretida sobre el mantel.Elena apoyó la barbilla en la mano, con la mirada fija en la entrada de la villa, que permanecía cerrada a cal y canto.—Carmen, ¿estás segura de que vendrá esta noche? Es muy tarde y su móvil no da señal —preguntó Elena. Su voz era plana, aunque con un deje evidente de agotamiento.Carmen, que permanecía en un rincón, retorcía su delantal con nerviosismo. —No lo sé, señora. He intentado contactar con su número personal, pero no responde. Quizás debería descansar, señora. Yo me quedaré aquí a esperar.Elena se levantó de golpe. La silla de madera chirrió con fuerza contra el suelo de mármol, rompiendo el si
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