Elena arrebató el mando de la televisión. Sus dedos presionaron el botón repetidamente hasta que la pantalla mostró los titulares que incendiaban cada rincón de Madrid. Se reclinó en el sofá, entrecerrando los ojos, repasando línea tras línea la noticia sobre Sofía Montenegro, ahora hecha trizas ante la opinión pública. Aquel gran nombre ya no era un símbolo de gloria, sino un sinónimo de escándalo y podredumbre.
El móvil sobre la mesa vibró, rompiendo el silencio. El nombre de Daniel apareció