Diego acababa de llegar a la oficina con Martín, quien siempre permanecía fiel a su lado. Caminó con los hombros erguidos, pero la atmósfera allí se sentía extraña. El recepcionista, que habitualmente se inclinaba con prontitud, ahora bajaba la mirada, evitando el contacto visual. Algunos miembros del personal en el vestíbulo se detuvieron, susurrando en voz baja al verlo pasar, para luego desviar la vista.Frente al ascensor, Diego se detuvo y recorrió el lugar con la mirada. Las personas allí ya no lo miraban con respeto. Empezó a sentir que algo no andaba bien.—Martín —llamó Diego sin girarse—. ¿Ha ocurrido algo?Martín, que estaba un paso detrás de él, tragó saliva. Un sudor frío perlaba su frente.—No lo sé, señor.Diego resopló y entró al ascensor privado, presionando el botón del piso superior. Durante el trayecto, el silencio se volvió asfixiante. Por lo general, Martín le informaba sobre la agenda del día, pero esta vez el hombre permanecía callado.Al llegar a su plan
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