El primer lunes de octubre, Marcos Aguirre llamó a Sebastián con una noticia que no era urgente pero que completaba algo importante.Armando Aguirre Castillo, de setenta y ocho años, había llegado a un acuerdo con la Fiscalía.El acuerdo establecía lo siguiente: Armando reconocía su participación en la construcción de la infraestructura que había permitido operar a la red de Viktor Molina en México durante más de dos décadas. Cooperaba con el expediente internacional que Castro había entregado a las otras jurisdicciones. Y aceptaba las condiciones que sus abogados y la Fiscalía habían negociado considerando su edad y estado de salud, que incluían medidas alternativas a la privación de libertad.Lo que Armando no aceptaba, según Marcos, era que el agravio original de 1989 fuera ficción.—Dice que lo que pasó en 1989 fue injusto —reportó Marcos—. Y que aunque reconoce que lo que construyó después fue desproporcionado y dañino, no reconoce que el punto de partida fuera inventado.—¿Y lo f
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