El tercer domingo de octubre, Sebastián se levantó antes de que sonara la alarma, lo cual no era inusual, y fue a la terraza antes de que el sol terminara de salir, lo cual sí lo era.
Ximena lo encontró ahí cuando despertó veinte minutos después. De pie frente a las bugambilias que habían florecido en septiembre con una abundancia que ninguno había anticipado porque ninguno era jardinero por formación y habían aprendido que las bugambilias no necesitaban mucho.
—¿Qué haces? —preguntó desde la pu