Los ojos de papá se abrieron de golpe, pero no fue una apertura tranquila. Fue como si algo dentro de él hubiera tirado de una alarma invisible. Los párpados temblaron, las pupilas se dilataron buscando foco, y de inmediato su pecho se agitó con un movimiento brusco, desesperado. El tubo endotraqueal que le salía de la boca, grueso, transparente, conectado al respirador, vibró con cada intento de tragar saliva o de toser. El sonido que salió no fue una palabra: fue un gorgoteo húmedo, ahogado, como si el aire se le enredara en la garganta y no encontrara salida.El monitor empezó a pitar más rápido. La curva de la presión arterial se volvió irregular.—Papi… —susurré, pero mi voz se me quebró al verlo forcejear.No podía hablar. El tubo se lo impedía por completo. Solo podía mirarme, con los ojos muy abiertos, llenos de pánico y confusión. Intentó mover la mano que yo tenía entre las mías, pero fue un tirón débil, casi un espasmo. Luego vino otra arcada seca, el cuerpo arqueándose un
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