La alarma sonó a las seis en punto. Puntual. Implacable. Me incorporé de golpe, con el corazón acelerado, como si hubiera estado esperando que él entrara por la puerta en cualquier momento para apagarla con un beso en la frente.
Me quedé sentada en la cama un minuto entero, escuchando. Nada. Solo el zumbido lejano de la ciudad que empezaba a despertar. Me obligué a moverme.
Ducha rápida. Agua fría para despertarme del todo. Me vestí con lo primero que encontré. Hoy no tenía ganas de ser vista.