El amanecer llegó despacio, como si tuviera miedo de entrar en esa habitación. Primero fue un gris sucio filtrándose por las persianas mal cerradas, luego un naranja pálido que apenas calentaba el cristal. Los monitores seguían con su bip constante. Papá no había abierto los ojos en toda la noche. La enfermera de turno había pasado un par de veces, chequeó el gotero, ajustó el oxígeno, tomó notas en la tablet sin mirarnos mucho. “Estable”, dijo una vez. Nada más.
Mamá se había quedado dormida e