Desperté de golpe, como si alguien hubiera encendido una luz dentro de mi cabeza. El reloj del celular marcaba las 15:47. Habíamos dormido casi cuatro horas seguidas. El cuerpo me pesaba, pero ya no era el peso de la muerte acechando; era solo cansancio humano, normal, casi reconfortante.Sebastián seguía dormido a mi lado, boca arriba ahora, con un brazo extendido sobre la almohada y el otro todavía rodeándome la cintura. Su respiración era profunda, lenta, como si hubiera descargado en ese sueño todo el peso que había cargado por nosotras. Me quedé mirándolo un rato. La barba de tres días, las ojeras que no se le iban ni durmiendo, la curva suave de su boca relajada. Pensé en lo absurdo que era que, en medio de todo este caos, él estuviera ahí. No como héroe de película, sino como alguien que simplemente decidió quedarse. Y se quedó.Me moví con cuidado para no despertarlo, pero él abrió los ojos al instante, alerta como siempre.—¿Ya? —preguntó con voz ronca de sueño.—Las cuatro m
Leer más