El invierno apenas comenzaba. Ya no era la tibieza dorada del otoño, sino un frío nuevo, paciente, que se colaba por los ventanales y dejaba al aire un aroma limpio, casi metálico. En los diez días desde que Seiya volvió del hospital, la casa se había llenado de rutinas suaves: los dibujos coloridos de Kaori, las lecturas cada vez más fluidas de Seiren, las revisiones discretas de Shun al final de cada jornada, los desayunos largos y las tardes de té que Eliot insistía en preparar él mismo.Todo parecía en orden, como si la calma hubiera vuelto para quedarse. Y, sin embargo, había algo distinto, esa serenidad no era suya. Era una quietud que no le pertenecía, tejida con los cuidados de Eliot, con sus atenciones y sus límites. Cada gesto cariñoso pesaba como una promesa; cada palabra amable, como un candado invisible.
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Capítulo 72. Confrontación de los dominantes.
La primera nevada del invierno caía lenta, espesa, envolviendo la villa en un silencio blanco. Las luces del camino parecían flotar en el aire, y los copos se quedaban un segundo sobre las ramas antes de disolverse.Por la entrada del jardín avanzaban dos figuras. Seiya venía sonriendo, el paso ligero y los ojos brillantes. Pensaba en el taller de Erissu, en cómo el proyecto seguía creciendo a pasos agigantados por sí mismo y en la dedicación de Seraphine, que hacía todo posible. A su lado, Shun lo escuchaba hablar y reía por lo bajo, el eco de esa risa tibia mezclándose con el murmullo del invierno.Desde la puerta, Eliot los observaba. De pie, con los brazos cruzados y el gesto contenido, parecía una estatua en la penumbra del pórtico. El ceño fruncido, el peso del día en los hombros, y esa quietud en los ojos que no sabía si era enojo o cansancio. Lo había estado esperando desde el atardecer. Cada minuto
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Capítulo 73. El médico francés.
La nieve caía suavemente aquella mañana, cubriendo los caminos y las verjas con una capa blanca que parecía adornar lúgubremente a Milán. Afuera, el viento arrastraba copos grandes y densos, pegados a los ventanales como si quisieran colarse al calor del hogar. Dentro, la casa dormía. El único rastro de vida estaba en el salón principal, donde el fuego crepitaba con pereza en la chimenea y el aire olía a café recién hecho.Eliot estaba allí, reclinado en su sillón habitual, una manta cubriéndole las piernas y un libro abierto sobre las rodillas. El silencio le resultaba perfecto. Por una vez, no había llamadas, ni juntas, ni horarios que atender. Solo el rumor del fuego, el sabor amargo del café, y el suave tintinear del cristal cuando el viento golpeaba las ventanas. Pasó una página sin prisa, disfrutando del raro
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Capítulo 77. Dos médicos y un juramento imposible.
La casa amaneció en silencio. Eliot no había dormido. Pasó la noche sentado en el borde de la cama, atento a cada respiración de Seiya, a cada leve cambio en su expresión, como si un parpadeo distinto pudiera anunciar otra crisis.En el resto de la casa tampoco se había pegado un ojo. Shun y Théon rondaron el pasillo durante horas, cada uno cargando su propia versión de la culpa; atentos, inquietos, esperando cualquier señal. Nataniel pasó la noche con las niñas, calmándolas a ratos, distrayéndolas en otros, sin apartarlas de su lado.Cuando la primera luz entró por las ventanas, Eliot se levantó sin hacer ruido. Seiya seguía dormido, estable. Eso bastaba. Bajó las escaleras y envió un solo mensaje: “Los espero en mi estudio. Ahora.”Minutos despu&eacut
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Capítulo 78. Fashion emergency.
La mañana avanzaba despacio, apenas filtrándose una luz pálida por las cortinas. Eliot aún dormía, medio hundido en el lado tibio de la cama, cuando un estruendo lo hizo fruncir el ceño. Luego otro y otro. Suspiró, se incorporó, y escuchó por fin el caos: cajones abriéndose, perchas chocando, telas cayendo.Con el cuerpo pesado por la noche larga, caminó hacia el vestidor. Al abrir la puerta, se encontró con el apocalipsis personal de Seiya. Toda la ropa estaba en el suelo. Sus ropas mezcladas como si un tornado hubiera pasado por allí.En medio del desastre, estaba su esposo con una camiseta a medio poner y el ceño fruncido, parecía a punto de declararle la guerra a la moda entera. Eliot apoyó el hombro en el marco de la puerta, cruzando los brazos.—¿Estás
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