Capítulo 66. EL reflejo del Enigma.
El primer sonido que Eliot reconoció al despertar fue el zumbido leve del monitor cardíaco. La luz del atardecer entraba oblicua por la ventana, teñida de dorado, y todo parecía suspendido en una calma irreal. Parpadeó una vez.El aire no olía a hospital. Olía a Seiya —a sándalo y sake dulce—, mezclado con algo nuevo, más suave, más dulce: un rastro de vainilla y chocolate amargo que no supo reconocer. Ese contraste lo hizo despertar del todo. Giró la cabeza hacia la cama y el corazón se le detuvo. Había dos.Uno —su Seiya— estaba recostado sobre las sábanas, con el cabello largo cayéndole sobre los hombros y los ojos entrecerrados por el cansancio, pero despierto. Frente a él, sentado con la espalda recta y las piernas cruzadas, había otro hombre.Por un instante Eliot pensó que deliraba: era el mismo rostro, la misma estructura, pero con el cabello corto, la piel un poco más clara y un aire juvenil que lo devolvió, sin aviso, siete años atrás, a la sala de juntas donde lo había vist
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