CAPÍTULO 34.

Capítulo 34

El silencio en la oficina de Fernando era absoluto, roto únicamente por el crujido de los cristales rotos bajo sus zapatos mientras caminaba de un lado a otro.

El desorden que lo rodeaba era un reflejo fiel de su mente: una estructura que alguna vez fue funcional y que ahora se desmoronaba bajo el peso del arrepentimiento y una ambición mal calculada.

Fernando se detuvo frente al ventanal, observando la ciudad, pero sus ojos no veían los edificios; veía la expresión de Sofía en la
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