Dejé a Génesis en un lugar seguro y conduje de regreso a la casa de Dalia. Todavía no podía procesar todo lo que Ana había confesado. Cada pieza encajaba con una precisión escalofriante: la boda, la cárcel, los seis millones, la huida planeada. Todo orquestado por Dafne. Todo calculado al milímetro.Y pensar que yo me creía un hombre calculador. Dafne me había superado con creces. Cuando llegué a la casa, esperaba encontrar silencio. Eran más de las nueve de la noche. Pero en su lugar, escuché risas.Risas que venían del jardín. Mi madre, Vanessa, estaba sentada en una de las sillas del jardín, con una copa de vino en la mano, riendo a carcajadas. A su lado, Ashley, mi hermana, le contaba algo con gestos exagerados. Y frente a ellas, Dalia, la dueña de la casa, se reía como si las tres fueran amigas de toda la vida.Me quedé observándolas un momento. Era una imagen surrealista. Mi madre no se reía así desde hacía años.Dalia fue la primera en verme.—¡Ethan! —exclamó, poniéndose de p
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