Dejé a Génesis en un lugar seguro y conduje de regreso a la casa de Dalia. Todavía no podía procesar todo lo que Ana había confesado. Cada pieza encajaba con una precisión escalofriante: la boda, la cárcel, los seis millones, la huida planeada. Todo orquestado por Dafne. Todo calculado al milímetro.
Y pensar que yo me creía un hombre calculador. Dafne me había superado con creces. Cuando llegué a la casa, esperaba encontrar silencio. Eran más de las nueve de la noche. Pero en su lugar, escuché