Nora—¡Aristides! —grité.—¡Vengan a mí, malditos, dejen a la dama! —gritó, y yo aproveché para lanzarme contra Félix antes de que pudiera volver a disparar, golpeando su muñeca con la suficiente fuerza para desviar el arma, que cayó al suelo rodando casi hasta el precipicio.El resto de los guerreros se lanzaba contra Aristides.—¡Una simple mujer como tú no merece tener ese poder! —gruñó Félix, intentando tomar mis manos con una violencia torpe, confiando en su tamaño y en su desprecio.Me adelanté y le clavé el codo directamente en la nariz y, en el mismo movimiento, giré la cadera para golpear su quijada con la base de mi mano. El chasquido del hueso resonó, y Félix retrocedió tambaleante, llevándose una mano al rostro mientras la sangre le corría entre los dedos.—Yo soy la guerrera de la batalla de Ciudad Ónix, soy la jefa de guerreros de la ciudad y de Sombra de la Noche, y un lobo como tú no me va a ganar —exclamé.Él escupió sangre y volvió a lanzarse, desesperado, intentando
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