Había pasado una semana. Siete días desde la explosión, siete días desde que Rowan irrumpió en la habitación asegurando que Elara volvería a la mansión, siete días de tensión constante. Elara seguía hospitalizada; físicamente estaba mucho mejor. Los moretones comenzaban a tornarse amarillos, la herida de la rodilla cerraba bien, las costillas ya no dolían con cada respiración. Caminaba despacio por el pasillo con supervisión médica, comía un poco más, dormía sin sedantes. El embarazo seguía siendo un secreto, nadie sabía, nadie excepto ella y las enfermeras que habían prometido guardar silencio. Cada mañana, antes del cambio de turno, una de ellas entraba con el Doppler portátil, fingiendo revisar otra cosa. Elara contenía el aliento hasta escuchar ese sonido diminuto, rítmico. Escuchar el corazoncito de su bebé le traía emociones contradictorias. Su embarazo era un secreto, el único ancla que por ahora la mantenía en pie, pero también era su mayor miedo. En pediatría, Nefty ya
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