Rosie baja del auto con movimientos lentos, como si cada centímetro de su piel pesara. Atlas, el chofer cuya lealtad a los Livingston es tan sólida como el acero, la observa con un respeto profundo, casi paternal. Él nota el temblor en sus manos mientras sostiene su bolso. Con un gesto gentil, cierra la puerta del vehículo.—Me voy a demorar, Atlas —murmura ella, sin mirarlo realmente, con los ojos fijos en la entrada de la pequeña cafetería.—La esperaré el tiempo que sea necesario, señora —responde él con una inclinación de cabeza. Rosie asiente y camina hacia el interior del establecimiento. Agradece mentalmente que el lugar esté prácticamente. Al fondo, cerca de una ventana empañada por el frío, Scarlett agita su mano con energía. Sus ojos brillan con una mezcla de ansiedad y alivio al ver a su amiga. "Estoy aquí", parece decir ese gesto desesperado.Rosie se desliza en la silla frente a ella, sintiendo que sus fuerzas se desvanecen.—Amiga —saluda Scarlett, inclinándose para dar
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