—Jefe, eres mi jefe, pero también eres mi amigo —comenzó Héctor con seriedad—. Y como amigo te digo, no le creas nada a esa mujer. Se ve a leguas que es una vividora. Ella miente por los poros, se percibe su falsedad desde que abre la boca.
Máximus golpeó el escritorio con el puño, haciendo que los objetos saltaran.
—Tú no lo entiendes, Héctor —exclamó Máximus, con una desesperación que rara vez mostraba—. Un hombre como yo debe ser impecable. No puedo tener a mi lado personas que sean falsas.