ISABELLAEl helicóptero se alejó dejando tras de sí un silencio absoluto, estábamos en medio del Caribe, en un fragmento de tierra rodeado de agua turquesa que Damián había puesto a mi nombre como regalo de bodas. La villa era una estructura abierta de madera y cristal que parecía flotar sobre la playa, pero mis ojos no estaban en la arquitectura, sino en el hombre que caminaba a mi lado, despojándose del saco de su traje mientras el viento marino le alborotaba el cabello.—Bienvenida a casa, nena —dijo Damián, rodeando mi cintura para atraerme hacia él—. Aquí no hay prensa, no hay apellidos, ni contratos. Solo somos nosotros y el mar.—Es perfecta, Damián —respondí, pasando mis brazos por su cuello.Me levantó en vilo, cruzando el umbral de la habitación principal que daba directamente al océano. La luz de la luna se filtraba por los ventanales abiertos, bañando la cama de hilos de plata.
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