Grace se presionaba las sienes con fuerza, sintiendo que el tintineo de las cucharas de Derek y Doménica contra los tazones de cereal era un martillazo constante. La resaca le recordaba, con una pulsación rítmica en la nuca, cada trago de la noche anterior.—Mamá, hoy es sábado —insistió Derek, tirando de su manga con entusiasmo—. Dijiste que iríamos a la empresa. Nos gusta ayudar a los pasantes.Grace cerró los ojos, mareada. La luz que inundaba la cocina le resultaba agresiva, casi insultante.—No pensaba ir hoy, niños. No me siento nada bien —murmuró, tratando de mantener la voz baja.Las caritas de los mellizos se transformaron al instante. Derek bajó la mirada, desinflado, y Doménica apretó los labios con una decepción tan genuina que a Grace le dolió más que la cabeza.—Está bien —cedió ella de inmediato, incapaz de sostener esa culpa—. Iremos un rato. Solo un rato, ¿entendido?En ese momento, Maxwell entró en la cocina. Se movía con una pesadez evidente, el rostro inusualmente
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