Grace cruzó el umbral de su casa a las once y media de la noche, sintiendo como si llevara el peso del mundo sobre los hombros. Todo estaba en silencio y en penumbra, a excepción de una luz amarillenta que provenía de la sala. Al entrar, se detuvo en seco al ver el comedor. La mesa de madera noble, donde solían cenar en familia, había desaparecido bajo montañas de carpetas, documentos y un computadora portátil.Maxwell estaba sentado allí, con la camisa remangada y el rostro marcado por el cansancio. Al verla, se puso de pie lentamente y una pequeña sonrisa, mezcla de alivio y admiración, apareció en sus labios.—Felicidades —dijo él, caminando hacia ella—. Lo lograste, Grace.Grace dejó caer su bolso al suelo, parpadeando con incredulidad. Tenía los ojos hinchados y la mente nublada por el encuentro con Dominic.—¿Qué logré? —preguntó con voz ronca, sintiéndose completamente aturdida—. No logré nada, Maxwell. Me vine de Nueva York con las manos vacías. —Dominic Pierce liberó nuest
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