Leonardo se soltó suavemente del agarre de su hija y miró fijamente a Dante.—Déjeme a solas con mi hija, señor Vontobel —exigió Leonardo—. Tienes mucho que explicarme, Elena. Y prefiero escucharlo de ti.Elena se giró hacia el hombre que arruinaba y salvaba su vida al mismo tiempo.—Vete, Dante. Por favor.Dante apretó la mandíbula. Odiaba que lo echaran, odiaba no tener el control absoluto de la situación.—Tú y yo no hemos terminado, Elena —le advirtió él en un susurro oscuro—. Regresaré.Dante tomó su saco, le dio una última mirada a Leonardo y salió del chalé, dejando que la puerta se cerrara con un golpe.Una vez solos, Elena guio a su padre hacia los sillones frente a la chimenea. Leonardo se sentó pesadamente, apoyando las manos en sus rodillas. La miró a los ojos, esperando.—Empieza a hablar, Elena. ¿Quién es ese hombre y cómo es posible que estés embarazada de un magnate suizo? ¿Qué pasó con Liam? ¿Cómo murió?Elena suspiró, sintiendo que las barreras que había construido d
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