La puerta de cristal de Vanguard se deslizó con un siseo metálico que devolvió a Mikaela a la realidad de un golpe seco.Al salir a la acera, el aire gélido de la noche de Toronto le golpeó el rostro, pero no logró enfriar el ardor de sus mejillas, todavía encendidas por la fricción y el pulso desbocado producto de su aturdimiento.Caminaba con un aire desaliñado, sintiendo el peso de su propio cuerpo como si sus huesos se hubieran transformado en plomo. Su cabello estaba revuelto y la ropa, apresuradamente colocada, se sentía extraña y áspera contra su piel.A su espalda, sentía la presencia de Roman, una sombra imponente y silenciosa que todavía parecía reclamar cada centímetro de su ser con su sola cercanía.Entonces lo vio, y el mundo se inclinó violentamente bajo sus pies.Daryl estaba allí, apoyado contra su auto en el estacionamiento. Había venido a buscarla, como hacía tantas noches, un gesto de amor que ahora se sentía como una sentencia de muerte.En un segundo, la desconexi
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