El shopping estaba lleno de movimiento aquella tarde de viernes, pero dentro de la lujosa boutique donde Helen estaba con Zoe y Tânia, parecía que el mundo exterior había quedado en segundo plano. Percheros con ropa sofisticada, maniquíes con lencería atrevida y espejos que reflejaban más que simples siluetas: reflejaban posibilidades.—Helen, por el amor de Dios, no vas a llevar solo pantalones de sastrería y blusas de cuello alto a Rusia, ¿verdad? —exclamó Tânia, ya con tres prendas colgadas del brazo.—¡Claro que no! —rió Helen, un poco incómoda—. Pero tampoco voy a desfilar en encaje por el aeropuerto.—Ay, qué mujer tan comportada —comentó Zoe, con una mirada traviesa—. Apuesto a que cuando Ethan aparece sin camisa en la sala, finges que no miras.Helen carraspeó, sonrojada, y apartó la mirada.—Yo… no es exactamente así…Tânia se acercó y colocó una prenda frente a ella. Una lencería color vino, con encaje delicado, escote profundo y tirantes finísimos.—Imagínate esto… debajo d
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