El shopping estaba lleno de movimiento aquella tarde de viernes, pero dentro de la lujosa boutique donde Helen estaba con Zoe y Tânia, parecía que el mundo exterior había quedado en segundo plano. Percheros con ropa sofisticada, maniquíes con lencería atrevida y espejos que reflejaban más que simples siluetas: reflejaban posibilidades.
—Helen, por el amor de Dios, no vas a llevar solo pantalones de sastrería y blusas de cuello alto a Rusia, ¿verdad? —exclamó Tânia, ya con tres prendas colgadas