La sesión de películas continuó entre risas, comentarios burlones y miradas cada vez más prolongadas. Helen, todavía acurrucada contra el pecho de Ethan, había cambiado las pantuflas por la manta del elefante y ahora estaba encogida entre los cojines, con los ojos pesados de sueño.
—Si me quedo dormida aquí… ¿me tiras al pasillo? —murmuró, ya medio adormilada.
—Claro que no, charlatana. Solo si roncas.
—Yo no ronco.
—Ya veremos.
Ella le dio un golpecito leve en el hombro y rió. Ethan pasó la ma