Helen aún estaba despierta, sentada en la cama con la espalda apoyada en una pila de almohadas. Una playlist suave sonaba en voz baja desde su celular, y sus ojos, aunque somnolientos, permanecían atentos a la puerta. Su vientre subía y bajaba suavemente con la respiración, y sus dedos lo acariciaba distraídamente, como si conversaran en silencio con su hijo.—Papá está tardando, mi amor… ¿será que fue a montar una granja de hamburguesas artesanales con pepino frío? —susurró, riendo sola.La puerta se abrió con un leve chirrido. Helen levantó la mirada al instante —y allí estaba él. Ethan entró triunfante, equilibrando dos bolsas y una botella térmica bajo el brazo. Tenía el cabello despeinado, el rostro ligeramente sudado y la expresión satisfecha de quien acababa de cumplir una misión diplomática intergaláctica.—¡Llegué, señora de los antojos imposibles! —anunció con una sonrisa victoriosa.—¡No puedo creer que lo hayas conseguido! —Helen rió, aplaudiendo emocionada—. Eres oficialm
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