El trayecto al centro de la ciudad duró treinta minutos. A medida que se acercaban al distrito nocturno, Audrey sentía que se adentraba en una dimensión ajena. El bar era un local de fachada discreta pero interior exuberante, un sitio que destilaba ese lujo crudo y moderno que caracterizaba la vida actual de Alessandro. Al bajar del auto, el aire frío la golpeó, pero fue el contraste de mundos lo que más la sacudió. Ella venía de una cuna de oro, sí, pero su realidad se había vuelto sobria, centrada en el trabajo duro y la crianza. Este lugar, con sus luces de neón filtradas y el aroma a tabaco caro y ginebra, le trajo un recuerdo punzante; hace cinco años, en una noche de rebeldía contra las asfixiantes expectativas de sus padres, había terminado en un lugar similar. Allí, entre copas y sombras, se había enredado con un desconocido de ojos azules que creyó no volver a ver. Una noche que terminó en un embarazo y en un cambio total de su existencia.—Soy la asistente del señor Di Giova
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