Su despacho, usualmente un lugar de negocios y seriedad, estaba transformado. Audrey estaba de pie en el centro, iluminada por la luz cálida de las velas, vistiendo un vestido de seda que la hacía ver etérea. A sus lados, los gemelos sostenían una pequeña caja envuelta en papel de seda blanco, con expresiones de una importancia absoluta, como si custodiaran el tesoro más grande del mundo.—Llegaste tarde, papá —susurró Emma con una sonrisa traviesa.—Teníamos una sorpresa —añadió Matthew, entregándole la caja con manos temblorosas de emoción.Alessandro miró a Audrey, buscando una explicación, pero ella solo le hizo un gesto con la cabeza, con los ojos empañados en lágrimas de felicidad. Con los dedos entorpecidos por la confusión, Alessandro desató el lazo y abrió la caja.En el interior, sobre un lecho de algodón, descansaba un pequeño par de patucos de lana blanca y, junto a ellos, la prueba de sangre que Audrey se había realizado esa misma tarde, confirmando lo que los test de la
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