C57-LA PAZ QUE TÚ NO PUEDES OFRECERLEEl mercado de la fortaleza era un hervidero de colores y olores. Puestos de especias, telas, pieles y armas se alineaban en las calles de piedra. La gente iba y venía, comerciando, riendo, viviendo.Tristán caminaba al lado de Arianne, observándolo todo con curiosidad.—Es impresionante —dijo—. Tu manada ha construido algo muy grande aquí.—No es mi manada —corrigió Arianne con suavidad—. Quiero decir, lo es, pero… todavía me siento nueva.Tristán la miró.—¿Nueva? He oído que te ganas el respeto de todos. No es fácil para una Luna llegar de fuera.Arianne sonrió, agradecida.—Lo intento.Se detuvieron en un puesto de telas y Tristán tomó una tela azul, suave como la seda.—A mi madre le habría gustado esto —dijo, casi para sí mismo.—¿Tu madre?Tristán asintió.—Murió cuando yo era joven. Era licántropa, de sangre pura. Mi padre, el cambiadragón, la amaba con locura. Cuando ella murió, él… cambió. Se volvió más serio, más distante. Pero nunca dejó
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