Max llevaba catorce minutos en su ciclo activo cuando el ascensor sonó a las cuatro en punto. Liam apareció en el umbral. La luz de jueves entraba lateral. Durante cuatro segundos, los dos se miraron sin decir nada. Después Alice le pasó a Max, y las manos volvieron a encontrarse alrededor del cuerpo pequeño, el calor exacto entre ambos, la temperatura que ella conocía de memoria.Esta vez el gesto pesó distinto, no por el traspaso en sí, sino por todo lo que Alice llevaba dentro desde la llamada de Richard: la variable que faltaba, la imagen completa de una herida que no dolía menos pero ahora tenía forma. Liam no sabía que ella sabía. Y, aun así, al recibir a Max, sus manos tuvieron el mismo cuidado de siempre. Alice soltó.—Diez minutos —dijo—. Vuelvo en diez minutos.Liam asintió. No preguntó por qué. No intentó leer más allá. Alice salió al corredor y se quedó con la espalda apoyada en la pared, a dos metros de la puerta, fuera del campo visual de la habitación. No vigilando. Solo
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